miércoles 27 de febrero de 2008
En la calle
Hoy, en la calle pasé por el lado de mi papá, sin saludarlo.
...
Valeria Tobar, gran amiga, gentil dama, me contaba hace unos meses que en su carro -el de su familia- habían, en dos fechas distintas naturalmente, muerto sus dos abuelos, así, tan naturales ellos. No hubo previo aviso o asomo de calamidad, se montaron y se murieron. Los dos en el puesto de adelante. Desde entonces cada vez que veo ese carro verde sólo puedo pensar en la muerte tranquila, en Hawthorne y su mítica historia de cómo expiró ("Su muerte fue tranquila y fue misteriosa, pues ocurrió en el sueño." Conferenció Borges); y aunque los abuelos no dormían sí, cuenta mi amiga, los "sacaron con una dulce sonrisa en sus relajados rostros." Qué maravilla.
La historia merece ser contada porque no hace muchos días, camino al estudio o al trabajo, escucho que alguien me llama: es un carrito verde, el carrito verde, es la mamá de Valeria Tobar, sola, ofreciéndome su asiento vecino para acercarme a la universidad o al trabajo. Un poco turbado, respondo algo como: No señora, muchas gracias; hoy quiero como caminar.
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Valeria Tobar, gran amiga, gentil dama, me contaba hace unos meses que en su carro -el de su familia- habían, en dos fechas distintas naturalmente, muerto sus dos abuelos, así, tan naturales ellos. No hubo previo aviso o asomo de calamidad, se montaron y se murieron. Los dos en el puesto de adelante. Desde entonces cada vez que veo ese carro verde sólo puedo pensar en la muerte tranquila, en Hawthorne y su mítica historia de cómo expiró ("Su muerte fue tranquila y fue misteriosa, pues ocurrió en el sueño." Conferenció Borges); y aunque los abuelos no dormían sí, cuenta mi amiga, los "sacaron con una dulce sonrisa en sus relajados rostros." Qué maravilla.
La historia merece ser contada porque no hace muchos días, camino al estudio o al trabajo, escucho que alguien me llama: es un carrito verde, el carrito verde, es la mamá de Valeria Tobar, sola, ofreciéndome su asiento vecino para acercarme a la universidad o al trabajo. Un poco turbado, respondo algo como: No señora, muchas gracias; hoy quiero como caminar.
domingo 24 de febrero de 2008
" ... todo cuanto poseía dentro sí algo de vida huía de la tormenta, buscando dónde refugiarse; por doquiera, así entre los hombres como entre los animales, manifestándose la angustia ante la explosión de los elementos...; sólo aquella piltrafa humana yacía inmóvil en el banco. Ya antes le dije que aquel hombre poseía el mágico poder de exteriorizar plásticamente, con movimientos y gestos, sus estados interiores; nada, nada, sin embargo, sobre la tierra, podría expresar de modo tan conmovedor la desesperación, el absoluto abandono de sí mismo, la apariencia de la muerte, como aquella inmovilidad, aquel estado inerte, inanimado, bajo la furiosa lluvia, aquella fatiga demasiado extrema para levantarse y andar los pocos pasos que le separaban de un techo protector, aquella definitiva indiferencia hacia la propia vida."
Stefan Zweig: "Veinticuatro horas de la vida de una mujer" pp 81,82. Círculo de Lectores 1973. Trad. María Daniela Landa.
Stefan Zweig: "Veinticuatro horas de la vida de una mujer" pp 81,82. Círculo de Lectores 1973. Trad. María Daniela Landa.
"Clasico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad."
Borges: "Sobre los clásicos" en "Nueva antología personal", Bruguera 1980.
Borges: "Sobre los clásicos" en "Nueva antología personal", Bruguera 1980.
martes 19 de febrero de 2008
-¡Quiero ser escritor! Dice Feng-shui a su padre Ki-mono.
-!Serás militar o tesorero! Responde Ki-mono.
El hijo se niega, el padre le corta la mano derecha. Impasible.
Feng-shui aprende su lección. Hoy maneja el sable con gracia.
-!Serás militar o tesorero! Responde Ki-mono.
El hijo se niega, el padre le corta la mano derecha. Impasible.
Feng-shui aprende su lección. Hoy maneja el sable con gracia.
sábado 2 de febrero de 2008
Si algo sabemos es que la literatura es personal, intrasferible.
¿Qué pasa, pues, cuando hablamos de libros -el instrumento- con otros? ¿Somos vulgares? ¿Engreídos? ¿Patéticos? No lo creo. La noche nos ayuda a confiar en otro(s) nuestra pasión, nuestra vida. También descubrimos con la charla otras vidas, nos reímos tranquilamente, sin necesidad de mirar a los ojos.
Reunirse para hablar de literatura -principalmente- es entonces un sano ejercicio, si se practica en dosis adecuadas: esporádicas, inesperadas.
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