martes 11 de diciembre de 2007

Un niño engaña el frío con un cartón mojado; mientras, un avión, verde, aparece y no deja estela: no hay nubes; mientras, de nuevo abajo, donde los perros utilizan los andenes como letrina, una señora pisa un recuerdo canino, maldice, pero no se oye lo que dice; justo, un bus grande y rojo, lleno de desgraciados y estudiantes, brama potente y hórrido para asustar a un niño, que, recuperado un poco del hielo que lo envuelve, a perdido a su perro y, desesperado, lo busca por las calles sin importarle algo más, o tal vez si, pues su mirada al cielo, por un segundo, hacia un avión que ya se aleja, lo hace soñar; eso creo yo, que todo lo veo por la ventana.

domingo 9 de diciembre de 2007

Acerca del último viaje.

La gran biblioteca, con sus salones llenos de gente -para la agradable sorpresa del viajero visitante-, con sus espacios amplísimos, me asustó notablemente. Me senté con el primer libro que vi, en una mesa compartida por dos jóvenes mujeres. Acto seguido me quité las gafas: Nublosa, borrosa, la biblioteca adquirió proporciones universales. Aunque no era el salón hexagonal que leí y soñé alguna vez, la sensación de infinito me sobrecogió; debido a la miopía, las personas, con sus libros de pieles rojas y verdes y letras solamente doradas, se convirtieron en nubecillas negras y en insectos de dos colores. Brillaban.

Revestido con los ojos que sirven para leer los subtítulos de las películas y los avisos de los buses, es decir, con las gafas puestas de nuevo, todo retomó la sordidez y la desesperanza naturales. Las formas se definieron, los colores se tiñeron de realidad. Fue ahí cuando comprendí mucho de lo que hoy me define y me inspira: La miopía, la ceguera moderada, es lo que hace que las cosas se conviertan en sueños; los ojos, con su defecto, transforman la luz en sombras creativas.

Burgos, el más grande, el ciego, lo descubrió. Y yo, atrevido y mozo, en la gran biblioteca, hojeando "El libro de la arena", por poco lloro ante la feroz revelación.